Literatura: Dónde nacen las historias

Literatura: Dónde nacen las historias

A veces me pregunto cómo o de qué manera la literatura me cruza. Cruza mis días. O los atraviesa o los deforma. A veces la literatura ni siquiera está en una página, en las letras, en lo escrito. A veces ni siquiera creo que eso sea literatura…

Escribe Adriana Petrigliano - PUENTE ALADO


Es mirar. Es ver algo allí donde otros no lo vieron aún, o lo vieron igual que uno…

Es recordar/es creer que se recuerda.

Hace unos días, y preparando un taller con Fernando Linetzky sobre uno de sus cuentos, una línea que le da título, despertó estos interrogantes. El cuento se llama "Hay fiesta en casa"…y refiere a esas pequeñas “fiestas” que al mirar para atrás descubrimos fueron posibles y ciertas. Apenas una línea que despertó recuerdos como:

- En casa no tomábamos gaseosas…apenas un dedo de vino y soda, mucha soda.

- Comprábamos una Coca y galletitas solo el día que papá cobraba.

- En noviembre comprábamos zapatos blancos. Los zapatos blancos del verano.

En literatura no siempre se habla de fiestas, claro…

Las historias nacen allí donde creemos que hubo historias y quizá fueron solo gestos, apenas una mirada o algo para decirnos. Quizá lo que contamos en un cuento esté solo atravesado por aquello que creemos estamos imaginando y simplemente está saliendo de una oscura memoria. En esa memoria que fue cierta. En eso que sí sucedió.

O no.

Una mañana, caminando una calle que no recuerdo, me crucé con un hombre. El cruce duró exactamente el tiempo que dura eso, cruzar a alguien en la calle. Apenas pude verlo: alto, viejo, moreno, ropa antigua, humilde, y una sonrisa que no era sonrisa, era la boca abierta como en un gesto inexistente. Hilera de dientes parejos, muy grandes, desproporcionados.

Y eso alcanzó.

Y nació el cuento.

O se me impuso la historia. Porque a veces es así…las historias nos cruzan, y es mejor no esquivarlas.

Tenía

Tenía dientes postizos. Cuando hablaba, hacía intentos para que no se le salieran, porque estaban flojos. Además, eran de un blanco raro, en realidad amarillos , amarillo sucio.

Tenía dientes postizos y cuando comía, un ruido desagradable le salía de la boca.

Tenía manos grandes, oscuras, secas. Manos de plantar árboles, o arrancar verdura. Manos de machete, de pala. Tenía manos de no caricias.

Tenía una caja de zapatos con cosas.

Cartas, alguna foto vieja, con bordes recortados como  volados chatos, en blanco y negro. En las fotos siempre está él, pero con los otros dientes, los suyos, se le nota porque en todas le faltan algunos.

Las cartas eran de su madre, con esa letra redonda, rara, que flotaba en los renglones. La madre no le  escribía, se las escribía el patrón. Ella no sabía leer ni escribir y le decía al patrón lo que quería mandar a decirle. Algunas veces, de puro hijo de puta, el patrón le escribía cualquier cosa…y cuando él las leía quedaba como raro y pensativo.

Algunas otras cartas eran de su hermana, ésa sí sabía leer y escribir y coser. Era profesora de Corte y vivía lejos.

También tenía en la caja un llavero, un escudito de Perón, de esos de lata pintada y otro llavero, de plástico, con la foto de un nieto del que no se acordaba el nombre.

Tenía una casita. Chica. Una pieza y el baño. Le alcanzaba.

Tenía en alguna otra caja  unos papeles que decían que había cumplido con la Patria, con el servicio militar y eso le daba cierto orgullo casi infantil. Otros papeles decían que había pagado ya por retorcerle el cogote al negro López, en la finca del sur, cuando lo de la Malvina y a ese papel casi no lo miraba porque le recordaba  los ojos del negro suplicando y queriendo explicarle lo que él había visto tan clarito. Había pagado 15 años decía ese papel, y cuando salió, la Malvina ya estaba acoyarada con otro y los hijos desparramados andá a saber dónde. Al final lo había limpiado al pedo al negro.

Tenía un cuadrito del Sagrado Corazón y uno de San Expedito, de ésos brillantes que si  vos te movés parece que ellos también  se mueven. Les rezaba y les pedía. Algunas veces le habían cumplido, pero pocas.

Tenía un vasito en la mesa de luz, con agua, para poner los dientes. Eso le había dicho el doctor, y todas las noches los dejaba ahí, como si se sacara la risa.

Pero esa noche no se los iba a sacar.

Tenía también en la mesita de luz la soga y al lado el banquito (se lo había hecho a uno de los nietos, con maderas buenas, duras, pero nunca se lo había podido dar)

Con eso le alcanzaba.

Lástima lo del temblor de las manos que para hacer bien el nudo era un problema…

Y tenía una decisión tomada.

Y además, en la misma mesita de luz tenía el sobre con el resultado.

A él, el cáncer no lo iba a joder, eso, seguro.

…………….

Los ojos del negro López el culo suave de la Malvina la cara paspada de alguno de los hijos cuando chico las cartas de la madre el escudito de Perón y su voz repitiendo bajito Viva Perón carajo! los ojos del negro López la última vez que vio a uno de los hijos de lejos en la estación y no supo si era o no  el sobre la soga el nudo el banquito el vacío y el vaivén del cuerpo el vaivén acompasado como si un baile raro bailara suspendido en el aire oscuro

…………………

Un golpe seco sonó en medio de esa nada.

Los dientes del viejo se le cayeron de la boca.

Siempre estuvieron flojos.

 

 La Rioja, 08 de septiembre de 2019

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