Para el aniversario de los 40 años de democracia en Argentina trabajé en la producción de una serie de podcast donde uno de sus episodios cuenta el doble asesinato del sacerdote francés Gabriel Longueville y el cordobés Carlos de Dios Murias, el 18 de julio de 1976. Para conmemorar las cuatro décadas ininterrumpidas de este sistema político y dimensionar lo que le costó a nuestro país conseguirlo, rescatamos testimonios de quienes vivieron esa época.

“Los verdugos buscan a los sacerdotes en la casa parroquial, secuestran, asesinan y abandonan a Carlos y a Gabriel en un descampado a 6 kilómetros de Chamical. Ambos ejercen una influencia visible y comprometida con la comunidad donde además funciona la Base Aérea Argentina, un punto estratégico de la logística militar represiva que comandaba Luciano Benjamín Menéndez”, relata la voz en off de una joven riojana que hilvana todo el contenido del episodio y se presenta como argentina, de 27 años, que nació y siempre vivió en democracia

“Con Gabriel tuvimos una actividad muy estrecha. Nos hizo aplicar la teoría de la liberación que habíamos aprendido de Arturo Paoli”, dice Luis Corzo sobre este otro sacerdote europeo que vivió con los hacheros en el sur de Santa Fe durante la década del 60. Corzo fue maestro rural, intendente de Chamical y participó activamente en la pastoral que respondía al obispo Enrique Angelelli en La Rioja. Gabriel, recuerda, los incentivó a crear el sindicato de los hacheros y las empleadas domésticas “pero ninguno pudo concretarse por el boicot de los patrones”. Sí pudieron organizar una cooperativa de trabajo para elaborar escabeche de vizcacha.  Corzo fue preso político durante dos años y medio. 

De los sacerdotes se sabe que fueron asesinados, su crimen juzgado y luego beatificados como mártires de la fe. Sin embargo, pocos conocen que a Carlos le gustaba cantar canciones de protesta y que su humor cordobés le permitía entrar directo al corazón de los riojanos. Que Gabriel se movía por el pueblo en bicicleta, que no le gustaba la polenta y que se maravillaba con las artesanías locales. Ambos soñaban con cambiar el mundo. Su mundo más cercano en ese momento era Chamical.

Acercarse a los más desprotegidos era parte sustancial del compromiso que por aquellos años asumen los sacerdotes que comulgaban con las prácticas más progresistas de la Iglesia Católica. El fray Ángel López compartió amistad y hermandad con Carlos Murias -ambos de la rama conventual franciscana- tanto en La Rioja como en el sur del país. “Íbamos con él a ver las comunidades e incluso peleábamos con los intendentes para que ayudaran a los mapuches en el Bolsón”, relata el sacerdote oriundo de Santa Fe.

La propiedad de la tierra fue uno de los puntos más sensibles que se animaron a encarar los sacerdotes que seguían la pastoral de Angelelli, el obispo también asesinado 17 días después que ellos. El intento de expropiación del latifundio Azzalini rico en aguas, en Aminga muy cerquita de Anillaco, fue el más emblemático. Desde el Movimiento Rural diocesano crearon la cooperativa Codetral que impulsó el proyecto de confiscación de esas tierras que el gobierno de La Rioja, presidido por Carlos Menem, les había prometido  pero después no cumplió.

Elba de Luján, vive en Chamical. Conoció a Gabriel mientras trabajaba como empleada doméstica y estaba por casarse. Tuvo cinco hijos y hoy preside un comedor al que asisten cerca de cien niños y niñas. Por aquellos años su marido trabajaba como hachero. Su padre también lo había sido y su mamá lavaba ropa para otras casas. “Cuando arreglaban sus libretas de comida no les quedaba casi nada”, recuerda Elba sobre la relación de sus padres con los patrones. La provisión de alimentos estaba en poder de los dueños de la tierra y parte del salario se descontaba a cuenta de lo consumido por el trabajador. Cuenta también que desde los nueve años “trabajaba como niñera de los que más tienen. Y sólo nos alcanzaba para alguna zapatilla, alguna cosita”.

Carlos de Dios Murias estuvo menos tiempo que Gabriel en Chamical. Lo reemplazó en la parroquia de los llanos cuando el francés viajó a su país un tiempo para visitar a su familia. Carlos se instaló definitivamente ahí un par de meses antes que los asesinaran. Tenía 31 años. 

Tanto Gabriel como Carlos se sentían uno más con la gente de su comunidad. No eran los curas o sacerdotes formales y de sotana con los que los creyentes estaban acostumbrados a relacionarse. Gabriel tenía 45 años cuando lo asesinaron. Llegaron a la provincia atraídos por la personalidad y el accionar de Angelelli.  Los tres son considerados mártires junto al trabajador rural Wenceslao Pedernera, también asesinado en el interior de La Rioja, en Sañogasta, en 1976. 

A cinco décadas de la última dictadura argentina vuelvo a escuchar el material sonoro y me resuena la voz en off de esa joven argentina, de 27 años. Me pregunto cuánto conocen, qué saben, qué piensan hoy las y los jóvenes argentinos que siempre vivieron en democracia.