Las maderas crujen y aunque eso lo supiera después, igual me inquietaba. Sentada en el living de la casa de mi infancia cuando todos duermen, el único ruido además de la televisión viene del escritorio de mi papá en la oficina que está pegada a la casa. Desde el sillón puedo ver la puerta que lleva a la máquina de escribir, a su biblioteca, al bañito que usa de archivo. El sonido que yo escucho es extraño, confuso. No queda claro si lo genera un ser vivo o algo sobrenatural. A mí todavía me dan más miedo las personas que los fenómenos. Por la siesta o por la noche el silencio es un hueco extraño donde caben todos los sonidos y todas las pesadillas.

Las puertas abiertas de casas y autos en poblaciones pequeñas siempre fueron una rareza para quienes viven en las grandes ciudades. Hoy es más frecuente que las casas, cualquier casa, además de la cerradura que trae la puerta tengan algún refuerzo como  candado o  pasador, rejas, alarmas o cámaras, o todo eso junto. Un arma es otra opción que algunos barajan, incluso cuando nunca hayan vivido un hecho de inseguridad. O criar perros guardianes que en ocasiones desconocen a sus propios dueños o no interpretan correctamente situaciones de peligro y terminan hiriendo o matando un niño.  

Los noticieros acostumbran repetir varias veces al día cualquier robo o asesinato que se ve y escucha simultáneamente en pueblos o ciudades de cien, trescientos  mil y cinco millones de habitantes.

La psicología sostiene que los pensamientos son el filtro fundamental con el que interpretamos la realidad, determinando directamente nuestras emociones y conductas. No son simples ideas, sino construcciones que pueden generar bienestar o malestar y que influyen incluso en nuestra salud física y capacidad de adaptación al entorno.

Trabajamos a diario  para tener recursos que nos permitan adquirir objetos que luego tememos que nos roben. Aún no encuentro dónde está el negocio.

A lo largo de casi medio siglo experimenté más hechos de solidaridad que de inseguridad, sin embargo todo lo que me rodea me invita a dudar, a sospechar, a prevenir.

Ya no vivo en la misma casa donde los muebles agitaban mis fantasmas. Tengo rejas. Y me apena tenerlas. No creo que ningún encierro nos vaya a salvar de nada. Ni a víctimas ni a victimarios. Pero igual muchas veces temo. Y no es la lluvia en exceso, el calor infernal o alguna presencia inexplicable lo que puede quitarme el sueño, sino el miedo a aquellos que por miedo y prevención lastiman o matan.