En Europa un ciudadano es penalizado por ayudar a un inmigrante; en la cordillera de los Andes si estás a punto de colapsar ante una creciente aparece una camioneta cuatro por cuatro y te ofrece rescatarte a cambio de que pagues el servicio; y simultáneamente en cualquier café del centro de la ciudad de La Rioja hay un prestamista dispuesto a resolverte una deuda del casino o a comprar una prótesis a cambio de la garantía de una casa o automóvil.

“El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es la que induce a la acción, o sea, a la voluntad. Pues bien, dos son las cosas que estorban la acción: la sensibilidad y el pensamiento analítico, que no es más que el sentimiento con sensibilidad”, dice Fernando Pessoa en “Libro del desasosiego”.

Hace pocos días estuvo en La Rioja una intelectual argentina que vive en Francia hace más de tres décadas y se dedica a ser intérprete de inmigrantes que llegan desde África a Europa. Contó en una charla en la Casa de la Memoria que en algunos países de allá existe algo así como el «delito de solidaridad» que ha criminalizado a ciudadanos y ONG que ayudan a inmigrantes irregulares, incluyendo refugio, transporte o alimento, aplicando leyes anti tráfico y de seguridad fronteriza.

Este verano, una amiga junto a su compañero, su bebé de dos años y su suegra vivieron una especie de “pague, lo ayudo después”, en lugar del tan conocido “pague, proteste después”. Volvían de La Serena en Chile y al pasar el camino de montaña a la altura de San Juan, fueron arrastrados por una tormenta. Mientras el conductor del auto, un Gol de tres puertas, intentaba maniobrar sin éxito, apareció una camioneta Ram y su conductor les comunicó que él hacía este tipo de servicios, rescatar vehículos en problemas.

Están también quienes no pueden pedir dinero a un banco o a una financiera porque no cumplen con los requisitos, entonces acuden a un prestamista. Que bien podrían ser definidos en un diccionario de lengua castellana de este modo: dícese de una extraña profesión que todo el mundo sabe que se ejerce en cierto lugar específico, que consiste en prestar dinero con excesivos intereses a cambio de una garantía que suele ser un bien mueble o inmueble y que en caso de no pagarse en tiempo y forma la deuda, ese bien cambia automáticamente de manos. También puede describirse como “quien ayuda a quien nadie le presta”. No paga impuestos por sus ganancias, además de cada vez tener más casas, departamentos, locales comerciales, generando una especie de monopolio comercial que afecta la actividad inmobiliaria de la localidad en la que se desempeña. También es cierto que el rol de las instituciones que actúan legalmente a veces tampoco es muy diferente.  

Para Pessoa el ejemplo máximo del hombre práctico es el de estratega. La vida para él no es otra cosa que guerra, y la batalla es, por eso, la síntesis de la vida. Y se pregunta el autor portugués: “¿Qué sería del estratega si pensara que cada una de sus jugadas hace caer la noche sobre miles de hogares y desolación entre miles de corazones? ¿Qué sería del mundo si fuésemos humanos? Si el hombre sintiera de veras no habría civilización”.

De cómo la persecución por hacer el bien influyó en los ciudadanos europeos no tengo idea. De qué pierde quien pide prestado y quién gana ese qué, estimo que puede chequearse en Rentas de la Provincia. Y si bien este autor que cito suena bastante pesimista -no en vano el libro habla del desasosiego- el desenlace de la situación de mi amiga en la Cordillera tuvo un final feliz. Luego de intentar sin éxito llamar al puesto fronterizo de Gendarmería que estaba más cerca, apareció una combi con turistas y sus conductores los auxiliaron. Tal vez sea al revés mi estimado Pessoa, si el hombre no sintiera, la civilización (y vaya a saber lo que entendemos por ella) se terminaría. 

 

*Escultura de la artista plástica Martha Cortés Alvarez