El sacrificio de la nada cotidiana

Llevo varias semanas repitiendo una rutina cada mañana: minutos antes de las 7:00 pido un auto a través de una aplicación de transporte de pasajeros para llegar al mismo lugar. El recorrido siempre sucede en ese intersticio lumínico del día y la noche. Hay autos impecables y están los ruidosos que delatan algunos años, modelos y marcas de las más variadas. Sus conductores en gran mayoría varones de entre 30 y 60 años. Con la misma pregunta son ellos los que rompen el hielo para dar comienzo a cada viaje: ¿Antonella? Hasta ese momento la secuencia diaria es idéntica. Pero en el instante que empieza el recorrido sé que cada esquina, cada relato, cada calle, pregunta, detalle, olor, musicalidad, padecimiento, temperatura, ilusión, cansancio y desesperanza no se parecerá en nada a la de ayer, tampoco a la de mañana. Ni la de ellos, ni la mía.

El primer servicio de transporte de pasajeros a través de plataforma digital empezó a funcionar en la ciudad de La Rioja a finales de 2023. Como en otras partes del mundo prometía beneficios de costos y movilidad para pasajeros y pasajeras, de ganancias para conductoras y conductores. El desembarco de la empresa estadounidense en La Rioja, que al país llegó en 2016, avispó también el tradicional universo de taxis y remises, hasta entonces amo en el reinado de ese servicio. Reclamaban, como en otras jurisdicciones argentinas, por la competencia desleal. Pedían igualdad de condiciones en seguro, habilitaciones, impuestos y licencias. La ordenanza municipal para regularlo y hacer los primeros controles llegó un año y medio después, cuando el servicio que usa la tecnología desde un teléfono móvil para intermediar entre autos particulares y pasajeros ya reposaba cómoda entre sus usuarios.

El precio del servicio lo define la aplicación, la empresa, con la fórmula que combina una tarifa base, la distancia y el tiempo. Los costos significativamente menores para quienes viajan fueron, quizás, el mejor anzuelo para quedarse con clientes del viejo servicio. Nos tomó poco tiempo acostumbrarnos al nuevo lenguaje que ofrecía el universo digital de transporte: empezamos a llamar socios a los conductores -tal como lo hace la empresa- y ya no pedimos el vehículo, taxi o remis, sino la experiencia: un viaje. No esperamos el final del recorrido para preguntar cuánto es porque la plataforma lo informa antes de subirnos. Nadie se preocupa por billetes, cambio o vuelto porque ahora debemos concentrarnos en métodos de pago y alias. Los conductores no son considerados por la compañía como empleados sino como proveedores.

Lo que ocurre dentro del vehículo es una extraña convención amable que no requiere ninguna pauta verbal, con poco se entiende y se respeta. A veces se habla, a veces no. A veces se pregunta, a veces no. A veces mis auriculares, a veces mi escucha atenta. La calefacción a veces prendida, otras los vidrios abiertos. A veces el informativo matutino, otras solo la música, raras veces el silencio absoluto. A veces levemente perfumado, otras un intolerable pinito de limón. Algunas veces en el asiento del acompañante, mayormente en el de atrás. No siempre se quiere escuchar, es mutuo. Pero cuando sucede ese acuerdo tácito de 15 minutos mientras atravesamos el mudo amanecer urbano, me entrego al sinfín de micro vidas que revelan un denominador común: esta opción laboral despertó una esperanza, una alternativa para apuntalar el erosionado bolsillo, situación de muchas personas de este país en los últimos dos años y medio.

 Mi curiosidad inicial nunca es original ¿Y, deja o no? Las variantes caben en muchos abanicos, desde la conformidad porque sólo son él y su esposa hasta el que depende de muchos viajes, mañana y tarde, si quiere que le rinda. El entusiasmado que se registró los primeros meses y hoy no alcanza por “el precio de las cosas”, y el que “depende de cuántos hijos tengas porque imaginate que cada uno es un presupuesto”. El desocupado que obtiene de ahí su único ingreso para cubrir lo básico, y el que bendice el extra para pagar la universidad del hijo de 22. El jubilado de vialidad nacional que junta para ayudar a sus nietos, y el que solo toma los viajes de madrugada cuando la demanda supera la poca oferta de autos “sino no da”. El remisero converso que ayer reclamaba y hoy trabaja con los dos servicios, y el taxista que militaba la igualdad de condiciones hasta que largó el “tacho” porque “éste deja más”. El decepcionado con la fórmula ganancia-suba del combustible, y el que tira el dato empírico: “muchos somos policías que en los tiempos libres agarramos el volante para hacer la diferencia”.

El conductor de hoy me atrapó apenas mencionó que llevaba muchos años “en esto”, el transporte de pasajeros. “Como remis se laburaba bien, todo decayó cuando llegó este sistema” dispara mientras me revela que hoy sus ingresos dependen exclusivamente de viajes que acepta por la aplicación que maneja en el celular. Parece que solo yo reparo en alguna contradicción de su balance, él no detiene ni un segundo el libreto que endulza mi atención magnetizada por las pinceladas de un ojo curtido, el peritaje afinado por muchos años de oficio. “Solo se habla cuando ves que el otro quiere hablar, sino cero palabras. Hay gente que se levanta enojada con uno mismo y viene y descarga acá ¿viste? Y hay otros días que te encerras en tu cabeza, en la nada, y ahí te quedás”. Me pregunta a qué me dedico y menciona al menos tres oficios que le hubiera gustado tener como “la radio”, pero en los que no prosperó porque no le gustaba el estudio, “ni siquiera estudiar te salva”, sentencia. 

En su libro La nada cotidiana, la novelista cubana Zoé Valdés traza una hilarante metáfora existencial entre su amor por dos hombres (el Traidor y el Nihilista) y el devenir de la Revolución que triunfó en Cuba en 1959. Patria o Yocandra, su protagonista, pertenece a la primera generación que nació en un sistema que venía a desterrar para siempre la injusticia y la desigualdad. En cambio creció en esa isla que “queriendo construir el paraíso, ha creado el infierno”, dice la autora en un desopilante sueño donde la define a “Ella”, al empezar el libro. “Tiene hambre y nada que comer. Su estómago comprende muy bien que debe resistir. En su isla, cada parte del cuerpo debía aprender a resistir. El sacrificio era la escena cotidiana, como la nada”, describe. Las experiencias de frustración, impotencia y apatía habitual de todos los personajes arman ese rompecabezas con el que Valdés describe en fina ironía y humor a una desolada sociedad cubana. Que sin embargo siempre mantiene tenue la luz de esperanza por aquel lugar que los vio nacer. 

Estamos próximo a finalizar el recorrido con el chofer experimentado pero quiero saber algo más. Su relato me parece una buena síntesis de una especie de desesperanza del cambio. Por qué insiste en un oficio que, como el estudio, tampoco lo salva y que hoy se vale de la tecnología para renovar promesas de progreso que trunca al poco tiempo. “Ya que llevás tantos años ¿qué te gusta de este trabajo?” Se queda en silencio. No veo su cara pero leo el cuerpo. Inclina la cabeza sobre el hombro izquierdo y piensa cuatro segundos aferrado al volante: “es un trabajo, lo que tenés que hacer. Ya no sé si es gustarte o no”.  Pienso en la Yocandra que bebe el café como una ceremonia matinal y que idolatra esa isla de un mar azulisimo mientras se pregunta ¿Para qué nadar? ¿Para qué ahogarse? Pienso en las promesas del lanzamiento tres años atrás. Cualquier acotación me parece débil e inutil. Nos deseamos un buen día y nos despedimos.-