Aún no fui a Japón a disfrutar la floración de los cerezos, pero cuando eso ocurra mi retina ya se habrá deleitado durante tres décadas del árbol que crece en mi casa sin agua y al sol infernal de La Rioja y que cada septiembre me regala un momento único y especial: del seco y apagado paisaje explotan flores amarillas delicadas y carnosas que atraen abejas y abejorros melíferos. Mi chañar.


El tronco y sus ramas ofrecen otro espectáculo que puede disfrutarse todo el año. Los especialistas aseguran que su corteza verde es capaz de realizar fotosíntesis incluso cuando el árbol pierde sus hojas y además tiene valor medicinal. Con su fruto se elaboran bebidas fermentadas como la aloja y el tradicional arrope que requiere larguísimas cocciones. Cuando de niña y por la noche me agarraban ataques de tos, mi papá me daba una cucharada sopera de esa bebida gruesa y oscura que yo tomaba sin mucho convencimiento hasta que sucedía el milagro, entonces dejaba de toser y ya todos podían volver a dormir.

El atractivo de los cerezos en el país oriental es celebrar la belleza desde principio de marzo hasta fines de mayo, aunque con el cambio climático puede adelantarse. “No celebran una batalla, una guerra, sino que el sakura florece”, dice emocionado un turista en las redes. El Parque Japonés en Buenos Aires, es una opción, nos ahorra treinta horas de vuelo y la floración ocurre en invierno. 

En La Rioja ese milagro acontece también con las breas, los lapachos en agosto y el algarrobo en verano. Mientras el cerezo, que no da cerezas, es un árbol milenario, el género del algarrobo tiene raíces biológicas mucho más profundas como especie nativa en el continente americano. En mi patio la sombra natural de un algarrobo también me impacta ante tanto cemento en las plazas.

Del chañar se dice además que tiene la particularidad de producir nuevos brotes desde raíces superficiales, formando pequeños bosquecitos capaces de colonizar zonas degradadas o salitrosas. Ayuda a recuperar ecosistemas deteriorados ofreciendo sombra, suelo fértil y refugio para diversas especies. Sobre el algarrobo se dice eso y mucho más.

El ritual de Hanami, que atrae a millones de turistas, consiste en observar las flores, la belleza fugaz de los cerezos. Los agricultores rezaban, hacían ofrendas y preparaban un banquete bajo sus copas rosadas ya que creían que traería una cosecha abundante. En primavera, familiares y amigos se reúnen para preparar picnics y fiestas bajo los cerezos en flor. Cantan juntos, comen todo tipo de alimentos y beben alcohol. El ritual asiatico no es muy distinto a nuestra chaya. Ahora mismo los algarrobos explotan de frutos. Rendir homenajes y ceremonias a la naturaleza es una costumbre antigua y profundamente humana en casi todas las culturas. 

En Japón, los sakura también son fundamentales para crear alimentos encurtidos, tés aromáticos, dulces tradicionales y saborizantes de ginebra, mientras que con su corteza hacen artesanías. En La Rioja es frecuente que en espacios públicos y privados eliminen breas, cactus, chañares y algarrobos para poner especies más decorativas y menos espinudas.  Allá no talan árboles, los trasladan. Aquí estamos en verano y es La Riojita, no es primavera, no es Japón.