Todas las noches me arrodillaba sobre la almohada con las manos juntas y le rogaba a dios que los indios no nos atacaran. No usaba el camisón de las niñas de las películas estadounidenses, tenía pijama.

Una niña de seis años, nacida y criada en una ciudad pobre, de pocos habitantes, con antepasados criollos y algún que otro inmigrante lejano, le temía a quienes fueron los primeros habitantes de estas tierras. Por supuesto que para esa época también ignoraba el rol de los montoneros y el federalismo, la conquista del desierto de Julio Argentino Roca, y ni que hablar de lo que planteaba el “Facundo” de Domingo Sarmiento entre civilización y barbarie.

A los indios los imaginaba con taparrabos galopando sobre caballos desbocados cerca del Dique los Sauces dispuestos a clavarnos sus lanzas. No sabía de memoria ningún rezo salvo el del ángel de la guarda dulce compañía no me desampares ni de noche ni de día, al que sumaba mis improvisadas plegarias para que dios y ese ángel los mantuviera alejados, ignorando que los diaguitas estaban prácticamente extinguidos.  

En la escuela pública de esos tiempos presentaban a Cristóbal Colón y sus tres Marías como el héroe descubridor. Un hombre de melena rubia parecido a los muñequitos playmobil, que llevaba una gran cruz en su pechera. Con el tiempo la película “La Misión” estrenada en la década del 80 iría complejizando esa instrucción.

Mis padres no religiosos y en general críticos del poder de la Iglesia miraban con sorpresa y despreocupación mi interés por pertenecer al grupo juvenil de una iglesia céntrica y querer cumplir con todos los sacramentos: comunión, confirmación y matrimonio. El bautismo sí fue obra de ellos. 

Jujuy, La Paz, Ciudad de México y Cuzco me permitieron caminar, admirar y respetar el legado de la América originaria. Me encantaría encontrar sangre india en mis antepasados pero aún si no sucediera, sé de qué está constituído el origen y la historia de la tierra que habito y a la que pertenezco. Y esa mezcla tan particular también me constituye como riojana.

El escritor Daniel Moyano que nació en Buenos Aires y creció en Córdoba, cuando ya casi treintañero reconoce a La Rioja como su lugar en el mundo dice: “La Rioja es Latinoamérica. Hasta que no viví en La Rioja no lo supe. Pero ahora me doy cuenta de que a Latinoamérica la vivía intelectualmente. Y eso es muy importante, porque Latinoamérica es un mundo, el único mundo que tengo como mío, el único mundo que siento mío”.

Y ese mundo que gracias a Moyano y tantos otros también siento mío, hoy, ya mismo, está en riesgo. Tal vez siempre lo estuvo pero hoy de un modo más concreto. La mayoría de los legisladores pretenden derogar la ley que protege los glaciares como reservorios de agua dulce, el presidente argentino ofrece tropas para apoyar a Israel y Estados Unidos en el conflicto en Medio Oriente, y en las discusiones públicas y de entrecasa pareciera haber un consenso cada vez más generalizado de volver a ser colonia. Asistimos impávidos a la intromisión de Estados Unidos en Venezuela y Cuba. No es novedad el entrometimiento sino la indiferencia de los organismos internacionales y la pasividad de los pueblos.  

En el mundo se concretan nuevos holocaustos, dice la escritora Naomi Klein, y cada uno es distinto. “Todo genocidio tiene sus características peculiares, y a todo grupo señalado como blanco del odio se lo odia de una forma particular. Si lo que se toma en consideración es el número de muertos, el genocidio de los pueblos indígenas de América supera a todos los demás”. En su libro “Doppelganger, un viaje al mundo del espejo”, la autora canadiense critica el rol de Israel en la Franja de Gaza, el apoyo de Estados Unidos y la derechización que va tomando el mundo entero. 

Y como muchas familias judías de izquierdas, dice Klein, “yo aprendí que el “nunca más” era nuestro sagrado deber de combatir el odio y la discriminación en todas sus formas, independientemente de quiénes lo sufrieran”. Pero a la escuela hebrea a la que asistió de niña “nunca más” no quería decir “nunca más a nadie como en nuestra casa, sino nunca más a los judíos””.

Me pregunto ¿qué rezan hoy las infancias? ¿por quiénes piden? ¿a qué le temen? 

 

*”Moreras”, acuarela sobre papel de Patricia Aballay.