“120 millones de personas son obligadas a huir por la guerra. Hay un llamado. Hay futuro. Doná ahora”. El mensaje en letras blancas y mayúsculas interrumpe un video que miro con concentración en Youtube. Es de una agencia de la ONU para refugiados. Es de los pocos videos patrocinados que logra retenerme sin la impaciencia de presionar el botón “Saltar”. Muestra imágenes desoladoras. Mujeres con criaturas en brazos esquivan escombros arrastrando unos pocos objetos y sus pies. Edificios estallados. Niñas y niños lloran desparramados sobre personas adultas que parecen querer protegerlos. Otras y otros lloran sin que nadie parezca querer protegerlos. Más escombros. Columnas inmensas de hormigón desplomadas y polvo regado. Una efectiva síntesis visual de la catástrofe para un video de 10 segundos.   

Con pocas variantes cada día los titulares reseñan el “asedio en Gaza”; el “mayor desastre humanitario” en África por el conflicto interno en Sudán, el “temor nuclear” en Asia por la tensión entre India y Pakistán; el intercambio  de “200 prisioneros de guerra” entre Ucrania y Rusia; los ataques de Israel a objetivos militares y nucleares en Irán. Todas las mañanas se nos ofrece una nueva noticia sobre la guerra en medio oriente. El antiguo conflicto político, social y religioso de los pueblos de aquella región del mundo está edificado sobre cimientos y muros que le imprimen la debida complejidad para entenderlo en seco. Pero alcanza con leer “bomba nuclear” y choque entre países como Irán e Israel, para entrar con facilidad en la dimensión más densa del riesgo. Aun cuando no se haya vivido nunca, ni por cerca, una guerra. Informes de organizaciones internacionales hablan de más de 50 conflictos armados activos en el mundo, el pico más alto desde la Segunda Guerra Mundial. 

En su libro la Segunda venida el filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi habla de un tiempo de trauma apocalíptico e invita a prepararnos para lo inevitable, la tercera guerra global, que ya “está desarrollándose de una manera diferente a las dos anteriores”. No estamos frente a una lucha de potencias imperialistas, aclara, sino a una “extendida guerra civil que enfrenta a clanes, tribus, poblaciones y fes religiosas bajo el paraguas de una insaciable sed de venganza”. Los “vengadores” que refiere Berardi son aquellos “a los que se les prometió democracia y bienestar, y que en cambio han recibido guerra y miseria”

El pensador italiano que propone buscar la “salida del laberinto” el día después del apocalipsis, escribió su libro durante la primera presidencia de Donald Trump en el norte de América y analiza el fenómeno de aquel personaje político en el escenario global. “Es difícil considerar a los Estados Unidos como un modelo de democracias cuando un presidente elegido por una minoría de votos (…) destruye las reglas de la vida democrática y desmantela unilateralmente las reglas del intercambio global”, dice Berardi. Y va más allá cuando analiza que “(…) el imperio estadounidense está hecho trizas. El ejercito mas grande de todos los tiempos está paralizado: es incapaz de vencer, incapaz de retirarse, incapaz de negociar”.

Hay un llamado. Vuelvo a la publicidad de la agencia de refugiados que invita a donar y comprendo lo que me retiene inusualmente en un video patrocinado. No son las imágenes de la catástrofe, ni los millones de personas obligadas a huir por la guerra, ni el llamado a una acción altruista como donar. Nada de eso me imanta tanto como el futuro que sugiere. Cúal es el presagio esperanzador de un mañana que está siendo aplastado por un presente descomunalmente desolador. Pienso que nada de eso que miro cabe en la propuesta de un mañana, de un futuro, de un porvenir, de alguna esperanza. El escritor italiano propone el surgimiento de una “solidaridad consciente” más allá de los límites de las naciones para disipar la “catástrofe final”. Cuántos estaremos dispuestas y dispuestos a escuchar el llamado.-