Son las 8:51. Me parece una hora prudente para escribirle preguntando si puedo llamarla después de las 10:00. A las 11:26 chequeo que no me responde y la llamo. No atiende. Consulto con una amiga que tenemos en común si conserva el mismo número de celular y cuando me da el sí recién calmo el apuro innecesario y espero.
Son las 13:06, recibo un audio suyo en whatsapp que dura 14 segundos. Siento curiosidad por tantos segundos para una respuesta que solo amerita un sí o un no: “Buen día. Mirá, recién me estoy desocupando de una actividad y viendo tu mensaje. Recién regresando a casa ¿Necesitás algo que pueda solucionar?”. Cuando por fin hablamos Lucila se disculpa por el mensaje no contestado y la llamada no atendida, “tenía el teléfono apagado”, y enseguida enumera las actividades que le ocuparon toda esa mañana: reuniones con las ex presas políticas para organizar los 50 años de las detenciones en La Rioja, una función de teatro ante estudiantes del secundario de una escuela del barrio Panamericano, y una entrevista en una radio. Recién entonces me pregunta “¿decime en qué te puedo ayudar?”. El ritmo de esa mañana es el de tantas otras de su vida.
Lucila Maraga fue una de las tantas riojanas detenidas de manera ilegal meses antes de que se instaurara de manera formal la dictadura militar en Argentina en 1976. Durante un gobierno democrático y peronista. Con veintipocos años ya cargaba militancia docente y junto a su compañero de vida Lucho Gómez estaba involucrada en la actividad política. Participó en el FAS, Frente Antiimperialista y por el Socialismo, un armado político de masas que el Partido Revolucionario de los Trabajadores conformó luego de la apertura democrática en 1973. La detuvieron en abril de 1975 cuando estaba en una pensión junto a su marido. Estuvo siete años privada de la libertad. En la sede de la Policía Federal de La Rioja, donde llegó recién secuestrada, fue maltratada, humillada y torturada. Como otras detenidas, además abusada sexualmente.
Me escucha sin interrupción, sin preguntas. Le explico que me gustaría entrevistarla, otra vez, pero en este caso para un artículo sobre la violencia en los cuerpos de las mujeres durante el último gobierno militar que tuvo nuestro país. Le digo que considero que no se habló lo suficiente de mucho de lo ocurrido en aquellos siete años que duró el horror de un sistema sin garantías ni derechos. En silencio, sigue escuchando del otro lado. Menciono que a mi entender nadie mejor que ellas -mujeres que se animaron a desnudar vejaciones y violaciones frente a tribunales que no estaban preparados para escuchar- para hablar de esos blancos en la memoria colectiva. El silencio persiste hasta que por fin termino y recién me dice que sí, a secas. De inmediato propone cuestiones operativas de logística para nuestro encuentro la semana próxima.
Casi nunca dice que no. Cada vez que la convocan para hablar de su vivencia en charlas, actos o entrevistas, accede. Ocupa cada espacio, pone el cuerpo, como suele describirlo ella misma. Hasta la obra de teatro “Tenemos algo que contar” donde es protagonista, funciona como un canal más de comunicación donde revive parte de su pasado. Se entusiasma porque la semana siguiente una nueva escuela secundaria verá una función donde, aclara, las historias dejan de ser “de una” para volverse “mirada colectiva”. En sus redes sociales, testigos de esa agenda incansable, su foto de perfil es un puñado de flores amarillas: “Comenzamos con las actividades por los 50 años del golpe cívico-militar genocida. Les esperamos”, publica ni bien despunta marzo. Difunde actividades del grupo de riojanas bordadoras que estampan en telas la memoria, por la verdad y la justicia; la marcha del 8 de marzo, las muestras fotográficas, la proyección de documentales.
Su presencia en la plaza principal de La Rioja la tarde del 24 de marzo, es por demás obvia. Tiene una remera negra con fulgurantes letras multicolores. No se queda quieta ni un segundo. Avanza y retrocede. Recorre de punta a punta las columnas humanas que se organizan para marchar alrededor de la plaza. La paran, la saludan, ella da abrazos apretados. Agradece. Abraza a una joven compañera de teatro que me presenta mientras aclara: “porque ellas están acá, todo esto tiene sentido”. Me cuenta que estudiantes de los quintos años de la escuela Normal la esperan a las 8:00 del día siguiente y repasa conmigo lo que dirá ante esas y esos adolescentes. Me habla de la unidad social que quisieron destruir los autores intelectuales y materiales de aquello que no fue una guerra, sino un terrorismo de Estado. Me habla de contar “su” verdad, la que puede describir por esos más de 2.500 días en la celda de un pabellón del tercer piso, en la cárcel de Devoto.
Sus 75 años son inversamente proporcionales a la pulsión que la transforma en un torbellino. No deja escapar un solo segundo en el que alguien esté dispuesto a escuchar el horror que se vivió hace cinco décadas en Argentina y en La Rioja. Finalmente combinamos horarios y días, movemos opciones porque, casi siempre, es ella la que no puede. “¡Vos no parás nunca!”, le digo entre el asombro y la admiración. Se ríe y me contesta “Y bueno, pasa que es la única manera de mantenerte viva”.
Lucila declaró en varias causas que la justicia Federal investigó en democracia para condenar a responsables de la última dictadura militar argentina. Ahí contó como Eduardo Abelardo Britos, oficial de Inteligencia y jefe de Seguridad del Instituto de Rehabilitación Social de La Rioja desde 1976, se ensañó con las mujeres que rompían el molde porque abandonaron las ollas, decidieron militar y pensar.
Al final de ese día advierto que nunca dejó de girar en mi cabeza la frase “mantenerte viva”. Intento ponerle contraste a la densidad de lo que dijo cuando hablamos entre risas, luego de acceder, una vez más, a ser entrevistada para hablar de lo que padeció. Me viene a la memoria algo que mencionó en una entrevista anterior: que al horror de esos años en la cárcel lo enfrentó con organización, resistencia y empatía. Y que eso le ayudó a transitar, desde que salió, la vida en democracia. Recién ahí sé que nunca voy a comprender lo que significa mantenerse viva para alguien que desafió a la muerte en medio de tanta oscuridad.-
