Un sábado de este febrero chayero tocan el timbre de mi casa. Dos hombres con camisas de trabajo piden colaboración por ser, dice uno de ellos, el día del recolector. Venden cuatro paquetes de bolsas de residuos y la quinta va de regalo, todo a 20 mil pesos. Me ofrecen pagar en efectivo o con transferencia.
Vivo en un barrio cerca de la montaña con todos los servicios urbanos deseables. Mi mamá, también vecina de la zona, dice que aquellos vendedores suelen venir con regularidad. A mí es la primera vez que me encuentran.
Minutos después del timbre, en el grupo de whatsapp de vecinos, alguien escribe: “Buen día, andan unos disfrazados de municipales ofreciendo bolsas de residuos aduciendo que es el día del recolector de basura… Mentira, en internet figura que es el 2 de octubre”, remata el vigía del barrio.
Quienes recolectan la basura en la ciudad de La Rioja no ganan más de 600 mil pesos, en algunos casos con contrataciones más precarizadas incluso menos y tampoco tienen obra social ni aportes jubilatorios.
Es febrero en La Rioja y en cualquier patio se escucha esta copla: Siempre aconsejando que me aguante la pobreza, al que no lleva la carga le parece que no pesa.
Otra vecina alerta: “Tengan cuidado vecinos”. Cuidado con qué, me pregunto. Cuidado con quién. “Vecinos nos cuidamos” es el nombre del grupo. La mayoría de las intervenciones son por mascotas extraviadas y advertencias sobre personas “merodeando”.
Y, mientras tanto, en el Festival de la Chaya no hay riojano que no se vuelva afónico con las creaciones de Ramón Navarro: Yo soy cantor de vidalas, también me gusta opinar, chayar es lindo en mi Rioja, pero no solo es chayar.
Situaciones de inseguridad ocurren como en cualquier ciudad, la mayoría no son violentas aunque generen temor y malestar. Sin embargo, cada vez que en el grupo alguien recomienda tener cuidado, la advertencia se parece más a una sospecha por rasgos fisonómicos, de apariencia o precariedad económica, que a situaciones reales y concretas. Las nuevas viejas credenciales de peligro.
Estoy viendo por segunda vez la serie estadounidense Homeland. En la temporada 6 la ex espía de la CIA, Carrie Mathison cambia la perspectiva de cómo ayudar a su país y a la humanidad luego del 11S, en un mundo cada vez más racista y violento. Pero aún en su intento de defender a los más vulnerables fracasa, porque son las propias autoridades y fuerzas de seguridad, amén de gran parte de su gente, quienes alimentan las sospechas sobre cualquier persona por su etnia, zona donde vive o ideología.
Los vecinos que intervienen para cuidar en el grupo de whatsapp del barrio también comparten cuadra con quienes tiran los residuos de su jardín en el frente de otras casas cercanas y con los que prenden fuego, actividad prohibida, para reducir esos mismos rezagos. Son los mismos que envían publicidades para ofrecer comida o algún servicio.
Y se va febrero y no debe haber riojano que no tararee en algún momento la Chaya de los pobres, también de Ramón: chaya de los pobres te´i de esperar, con una vidala para cantar…. Los mismos que se emocionan y se igualan entre la harina y la albahaca. Los mismos que ante la interrupción de su rutina diaria se indignan, sospechan y se convierten por un ratito y sin armas, creo, en eso que la rubia de Homeland entendió que lastima, divide y no iguala.
Imagen de portada: Obra del artista plástico riojano Pedro Molina; de la serie De carnavales y de chayas.
