No creí que la muerte repentina de una gata fuera a desajustar la armonía de un día, hasta ese momento, como cualquier otro. Semanas atrás, en el grupo que compartimos con integrantes de mi familia, un mensaje me desplomó. El anuncio tenía letras frías y contundentes: “la chocaron al frente de casa y no hubo nada por hacer”. La imagen de la muerte puede tener muchos encuadres, ángulos, colores y sombras, pensé. La punzada del vacío ante lo irremediable se le parece bastante. Casi siempre.
Tenía ojos enormes y redondos de un celeste cristalino, le abundaba el pelo blanco y cargaba una delgadez elegante. No vivía conmigo pero teníamos historia familiar. Compartía la madre con la gata que habita en mi casa y en apariencia se le parecía demasiado. Pero se diferenciaba notablemente de ella en la manera de relacionarse con las personas. Su estado de alerta permanente la había convertido en un animal escurridizo y desconfiado. Se inquietaba si debía viajar, siempre encontraba trincheras debajo de los muebles y maullaba fuerte únicamente para reclamar alimento. Solo cuando el sonido del ambiente se tornaba diáfano se atrevía al roce humano: dormía en la cama, te despertaba con suaves golpes de sus patas en la cara, ronroneaba rendida ante un mimo y se dejaba acariciar con la torpeza de algún niño al que protegía. Me gustaban esas dos facetas que alternaba con total naturalidad.
Un año antes un episodio azaroso me unió a ella de manera extraña y profunda. Yo era el primer eslabón en una logística de viaje que incluía trasladarla a una casa para que horas más tarde la dejaran en su último destino a 150 kilómetros. A pocos minutos de concluir mi parte me llegó la noticia de que el animal, asustado ante el entorno desconocido, había aprovechado una ventana abierta para escapar. La angustia y peripecia duró medio día, con un gran despliegue que incluyó fotos con su nombre y características en redes sociales y mensajería instantánea, consultas en casas vecinas, recorridos cíclicos en auto por el barrio. Apliqué todas las recomendaciones expertas y solidarias: caminé varias cuadras examinando las copas de los árboles, inspeccioné debajo de los autos y en terrenos baldíos; volví a los mismos sitios por la noche cuando el ruido y la claridad se aplacaron. Tenía claro que no era responsable de su extravío pero sentía que debía hacer todo lo posible para encontrarla a salvo, me atormentaba imaginarla en su faceta escurridiza y temerosa. Yo, que hasta hace algunos años me había relacionado con un distante afecto por los gatos, estaba ahí devastada ante la imagen del desamparo de un animal que no me pertenecía. Aquel final sin embargo fue feliz, la gata apareció por la noche en la misma casa de la que había escapado. En realidad nunca supimos si salió de allí o adentro mismo encontró asilo en un rincón disimulado que decidió abandonar recién cuando cayó la noche y se sintió un poco más a salvo.
Cuando volví al presente trágico quise entender cómo fue que esta vez el animal no había podido cambiar su suerte, activar el reputado sentido de orientación felino, escurrirse y evitar el choque. Las precisiones sobre la escena donde quedó tendida y “no hubo nada por hacer” no dejaban dudas, era de muerte pero también de abandono. No sabíamos el porte del vehículo que la había atropellado, si el conductor o conductora se había detenido por lo menos un momento frente a la fatalidad, si huyó con prisa. En ningún lugar del mundo las leyes se ocupan de la muerte seguida de abandono de un animal y el dolor era solo nuestro, pensé. Para mitigar la tristeza nos convencimos de que murió en el acto, que no había agonizado.
En su afamada novela “El viejo y el mar”, el escritor norteamericano Ernest Hemingway relata la batalla implacable de un viejo pescador cubano contra un cardumen en medio del océano. En su última proeza mar adentro el hombre solitario, orgulloso, cansado y lleno de ternura lucha cuchillo en mano contra peces y tiburones, al mismo tiempo que se apiada de golondrinas delicadas que deben enfrentarse a un océano hermoso que puede ser cruel y despiadado.
“Es un gran pez (…) No debo permitirle jamás que se de cuenta de su fuerza y de lo que podría hacer si rompiera a correr (…) Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más ágiles.”, reflexiona el personaje de la obra ganadora del premio Pulitzer. En ese pensamiento que se mece con las aguas entre racionalidad y emoción tres párrafos después dice “(…) me gustaría demostrarle qué clase de hombre soy. Pero entonces vería la mano con calambre. Qué piense que soy más hombre de lo que soy, y lo seré. Quisiera ser el pez -pensó- con todo lo que tiene frente a mi voluntad y mi inteligencia solamente”.
En ese mano a mano sangriento con vertebrados acuáticos donde Santiago se juega el triunfo personal, la derrota, la vejez y la superación humana, navega en la contradicción permanente de matar a quienes lo alimentan y deslumbran con su belleza. Sabe que es injusta esa supremacía de especies que lo habilita a hundir el filo en las costillas hasta provocar la agonía. La muerte. El experimentado pescador de Hemingway sabe que su carnada fue la “traición” para un pez aguja y que eso lo obligó “a permanecer en aguas profundas y tenebrosa, lejos de todas las trampas (…) mi decisión fue ir allá a buscarlo Ahora estamos solos el uno para el otro (…) Tal vez yo no debiera ser pescador -pensó- (…) pero para eso he nacido”.
La idea de salvación, supervivencia y supremacía de especies me incomodó. Me pregunto si llegará un tiempo en que la mayoría estemos convencidos, como el viejo, que para eso hemos nacido. Recordé a la gata y todas sus máscaras: fué noble, dulce y protectora. Tardé un tiempo en comprender de qué estaba hecha mi angustia esa mañana y las que le siguieron al anuncio de su muerte. No era lo irremediable, sino que yo había depositado solo en ella toda posibilidad de salvación.-

