La cara oculta de la luna y de casi todo

Cuando observamos el cielo estamos mirando el pasado. La frase suena a poesía. Es la que elige el guía de un observatorio astronómico argentino para enseñar la distancia que existe entre la tierra y la luna, el sol o las estrellas. La explicación astrofísica es más sencilla que la dimensión filosófica que sugiere: la luz de las estrellas tarda años, siglos e incluso miles de años en viajar hasta nosotros. Cuando miramos una estrella en realidad la estamos viendo como fue hace cuatro años. Conocemos la historia del universo en reversa.

Durante los últimos veinte días la vida espacial se volvió tendencia en cada rincón del globo. El lanzamiento de la misión Artemis II que hizo la Agencia Espacial Estadounidense, NASA,  el 1 de abril, puso en el centro de la escena al único satélite natural del planeta: la luna. La noticia que se nos distribuyó incluyó todos los ingredientes cinematográficos para esta era de la imagen: una cápsula, un afroamericano y una mujer, dos nacionalidades de tripulantes, cuatro astronautas sobrevuelan zonas inexplorables de la superficie lunar, diez días en la ingravidez espacial. Todo para observar por primera vez la cara oculta de la luna. El guión parece perfecto. El impacto del relato geopolítico-económico también. 

El programa estadounidense que esta vez, además del recurso estatal cuenta con aporte de empresas privadas, pretende volver a pisar la luna antes del 2030. Pero sobre todo, antes que China. Mientras millones de personas en el mundo scrolleábamos videos y rastreábamos imágenes distribuidas por la NASA para ver un ratito la película 4k de astronautas a bordo de la cápsula con nombre de constelación, Orión, el guión mayor pulseaba en paralelo disputando qué potencia conquista primero el espacio profundo. La primera vez que la humanidad orbitó la luna fue en 1968 a bordo de la misión norteamericana Apolo 8. Parte de la explicación de aquel hito fue la competición de Estados Unidos con la entonces Rusia soviética en plena Guerra Fría. Ahora sucede lo mismo, pero con China y las guerras se cuentan por decenas.

En su novela Tres golpes de timbal, el escritor argentino Daniel Moyano aborda en clave y dimensión cósmica, al pié de la Cordillera de Los Andes, la memoria de un pueblo olvidado, el poder, la violencia de una matanza o genocidio, el despojo, la tortura. En la más latinoamericana de sus obras -dicho por el propio autor que eligió La Rioja como su lugar en el mundo- traspasa los límites del planeta tierra para intentar entender, o explicar, las acciones humanas. “El poder es una ilusión monstruosa que interrumpe las relaciones naturales entre las estrellas (…) y los animales y las plantas, con quienes convivimos en nuestros largos días (…) Los que lo tienen imponen esa ilusión matando, de otra manera no podrían conservarlo (…) con sus matanzas van postergando un tiempo de alegría”, dice en su discurso un protagonista astrónomo mulero

La novela que sin nombrar a La Rioja está inspirada en Jagüé, último pueblo de la precordillera, y las costumbres de su pueblo, coquetea con lo fantástico y sobrenatural. Habla de las constelaciones y el movimiento de los planetas para vislumbrar la armonía desconocida que une a las estrellas y los animales. Con la matanza, dice Moyano en 1986, quienes intentan apropiarse del mundo “nos han convertido, en vez de protagonistas, en intrusos de este tranquilo planeta de animales silenciosos entre los que actuamos como usurpadores”

El relato 2026 de la conquista espacial retoma la idea de, en términos de Moyano, usurpación. O al menos apropiación. La hoja de ruta de la NASA ya está dibujada desde hace tiempo y Argentina está dentro. A través de los Acuerdos de Artemis, la agencia estadounidense instó a varios países a firmar una serie de principios para “la exploración pacífica del espacio profundo”. Fue esta adhesión la que permitió que nuestro país participara de la reciente misión Artemis II con un microsatélite propio. Pero en realidad la meta final de esa hoja ambiciona una base lunar que permita llegar luego a Marte.  

Las contradicciones en torno al espectáculo Artemis II fueron tantas como imágenes distribuidas de él. El presidente Donald Trump celebrando la hazaña mientras hace un recorte brutal a la inversión en ciencia en Estados Unidos; la ambición de magnates del espacio como Elon Musk de convertirnos en una especie multi planetaria conquistando Marte, cuando el pequeño planeta rojo apenas tiene atmósfera; y en especial la idea de crear un planeta gemelo a la tierra donde tardaríamos millones de años en llegar cuando no podemos generar, sin consecuencias ambientales, la energía necesaria para habitar éste en el que vivimos. 

El astrofísico Michael Mayor recibió en 2019 el Premio Nobel de Física por aclarar cuál es “el papel de la Tierra en el cosmos”, un planeta entre miles de millones. Recientemente advirtió una verdad indiscutible que sin embargo, a menudo, se nos olvida: todas las especies aparecen y desaparecen, “en la mente de la gente, sin embargo, los humanos aparecemos y ya nunca dejamos de existir. Somos eternos. Pero la verdad es que somos animales y vamos a extinguirnos (…) en unos 2.000 millones de años ya no estaremos en la zona habitable del sistema solar. Y eso sin tener en cuenta a los humanos locos y peligrosos”.

Hace exactamente 40 años, en un refugio cordillerano, el protagonista de Daniel Moyano ensayaba hipótesis de ese desenfreno humano que con “las hazañas de los fuertes” arrasaba con el planeta. “No podemos captar la congruencia universal debido a que solamente vemos una cara del universo, del mismo modo que solo vemos una de la luna, por cuestiones giratorias. Si pudiéramos imaginar por lo menos la otra cara de esa armazón celeste, desaparecería el crimen y entenderíamos a fondo la vida”. Aquel astrónomo creía que cuando sucediera el “récord” al que hoy asistimos, de los primeros humanos observando con sus propios ojos algunos rincones de la cara oculta de la Luna, lo entenderíamos todo. El pasado nos habría enseñado algo. Tal vez se equivocó.-