Hace unos pocos años hice conciente mi costumbre doméstica para ese momento de la tarde donde la luz natural desvanece lenta y tolerante ante la oscuridad inexorable. En la casa que habito los artefactos de luz eléctrica no se prenden hasta que la posibilidad de mirar sea nula, aunque la razón de eso fue cambiando con el tiempo. Me acostumbré así a desplazarme en penumbras y desarrollar la destreza motriz de esquivar todo tipo de muebles y una gata. Afiné pisadas para desniveles de suelo y noción de distancia en los espacios. Claro que ayudó no haber temido nunca a la oscuridad, ni siquiera en la infancia como suele suceder.

Podría decir que el hábito me llegó primero por conciencia ambiental. Si generar un solo kilovatio de energía provoca impacto en recursos naturales que se agotan, menos focos encendidos ayuda, pensé. Ambiente que no se ocupa, queda a oscuras. De a poco llevé esa práctica a cada lugar donde iba y no hubiera a quién ofender con la intromisión en las llaves de luz. Me convencí de que era una buena acción ciudadana.

Habituados mis ojos a ese intervalo de luz no definido, a la práctica de ahorro energético le siguió como un destino consecuente el deslumbre por las sombras. Además de las proyectadas por objetos de la casa, advertir las de montañas cercanas, árboles, muros y cercos. Algo desafiante y revelador había en agudizar la mirada para distinguir figuras. Los contornos se volvieron determinantes en aquel juego porque definen las formas que rodean al entorno, el adentro y el afuera. Cada silueta se convierte en un universo lleno de posibilidades. Nada es nítido y tampoco ese instante exige necesidad de mostrar cada detalle. Apenas se vislumbra el límite entre lo que está y lo que no. Suficiente.  

En Elogio de la sombra el novelista y ensayista japonés Junichiro Tanizaki muestra que en Occidente el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz, mientras en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de las sombras. El breve y clásico ensayo escrito en 1933, cuando el mundo llevaba un siglo utilizando la energía eléctrica, busca de algún modo prevenirnos de todo lo que brilla. 

De gran inspiración para el director alemán Wim Wender en su premiada película Días perfectos, el ensayo merodea con nostalgia en la estética de la cultura de Japón. Su cocina, su literatura, su fotografía, el papel y la textura, su cine, todo tiene encanto cuando se da importancia al ambiente y se oscurece o transforma por el simple paso del tiempo. “No es que tengamos ninguna prevención a priori contra todo lo que reluce, pero siempre hemos preferido los reflejos profundos, algo velados, al brillo superficial y gélido”, advierte.  

Se detiene especialmente en la arquitectura, donde los retretes alcanzan el colmo del refinamiento. Explica por qué la belleza creada por la penumbra sí es auténtica: “(…) creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias”. Describe el efecto visual y sensorial de la luz suave derramada por los shōji, tradicional divisor o puerta que fue durante un tiempo el único cerramiento de las casas japonesas; tabique formado por armadura de listones sobre la que se pega un papel blanco espeso que deja pasar la luz, pero no la vista.    

Cuando leí a Tanizaki describir cómo los occidentales iluminan los lugares de manera escandalosa, acepté con menos culpa el fastidio por los sitios con luces excesivas o derrochonas. Hogares, edificios, hoteles, gimnasios, bares, restaurantes, alumbrado público, hospitales por supuesto. Casi nada escapa a tanta luz fría, o neutra como propone hoy la tecnología Led. Todo se configura bajo las comodidades que ofrece la civilización en materia de iluminación.  

La película de Wender, una oda al resplandor de las pequeñas cosas, al despojo, al ritmo lento, a lo analógico, a la contemplación de árboles y las figuras que proyectan sus copas intervenidas por el sol, es casi una afrenta a la frenética época que habitamos. Donde todo se derrama sobre escenarios virtuales alumbrados con grandes reflectores que amplían la visibilidad de lo que somos, tenemos y hacemos. Como si todo expuesto y con luz abundante otorgara seguridad. No hay contornos ni siluetas, y poco para imaginar. Ahí está la existencia nítida, pulcra.  

En una conferencia el arquitecto veneciano Carlo Scarpa, exquisito del detalle, el diseño y la iluminación, describe cómo usó algunos trucos para lograr la luz específica que necesitaba en el complejo monumental Cementerio Brion, considerada obra maestra de la arquitectura posmoderna. Un manifiesto de la geometría, dicen especialistas, donde enmarca vistas, crea masas en 3D que proyectan sombras sorprendentes y esculpe vacíos que crean proyecciones de luz únicas. En el auge de la IA y la sofisticada tecnología para filmación el proyecto construido hace 50 años fue escenario clave en la película de ciencia ficción «Dune: Parte 2”, dirigida por Denis Villeneuve. “(…) La arquitectura que aspiramos a ver como poesía debería llamarse armonía, como el rostro de una mujer hermosa. Hay formas que expresan algo (…) el valor de una obra reside en su expresión: cuando algo se expresa bien, su valor se eleva enormemente”.

Scarpa, confeso admirador de la arquitectura con características algo orientales, aseguraba que “el entorno educa de forma crítica. El crítico, en cambio, es quien descubre la verdad de las cosas…” Así como descubrir el cielo y la vía láctea en el campo nunca será igual que hacerlo en un sitio urbanizado. Hace 93 años Junichiro Tanizaki había aceptado con algo de resignación que Japón estaba irreversiblemente encauzado en las vías de la cultura occidental y se sentaba sobre la nostalgia de adaptar sus expresiones artísticas a las necesidades de ésta. Como en el arte de la oratoria, donde más que reproducción mecánica que distorciona, oriente cultiva las pausas y las elipsis. 

Oscurece lento y de un segundo a otro comenzará el juego como cada tarde. Nunca sé qué apariencias, aspectos o sombras tendrá este día. Solo hay que hacer el sacrificio y abrazar la luz como reza Charly García. Y descubrir las formas. Cuando algo se expresa bien, su valor se eleva.-