Conocí a la escritora Samanta Schweblin en una ciudad pequeña de una librería aún más pequeña en agosto del 2010. La misma Samanta que fue recientemente premiada con muchísimos euros en un concurso literario en Europa. Lánguida aunque firme, alta, sobria, con la calidez justa y una precisión envidiable para compartir su mirada sobre leer y escribir. Fui parte del pequeñísimo grupo de ese taller de cuatro horas un destemplado 6 de agosto en la librería Rayuela, que por aquella época traía autores impensados.

La convocatoria invitaba a la presentación de su libro “Pájaros en la boca” y al taller con “cupos limitados”, que no llegó a completarse por desconocimiento más que por desinterés. Por entonces  a excepción de Fernando Linetzky, escritor y dueño de la librería, y un puñado más, pocos conocían la trayectoria de Schweblin  que ya en el 2002 había recibido varios premios por su primer libro “El núcleo del disturbio”. Sin embargo la librería café se llenaba de lectores ávidos por conocer nuevos y viejos autores que llegaban de diferentes partes del país.  

Cuando fue el turno de Samanta recuerdo que Fernando fue insistente, “no te la podés perder”. En aquel  momento no logré conseguir su primer libro que estaba agotado y sólo leí el que venía a presentar a La Rioja. Lo busco ahora sin éxito en mi biblioteca para rememorar imágenes de los dos cuentos que por mucho tiempo quedaron suspendidos en mi: la atmósfera de opresión que rodeaba a dos viajantes en un parador desolado con un mozo pequeño, y la de una niña que comía pájaros. Recomendar libros y prestarlos es hermoso, excepto cuando los necesito y no los encuentro.

Cuando tomé el taller de esta escritora de 32 años, de Hurlingham, pensé que su nombre llevaba una h después de la t. Los nombres que llevan una letra muda entre medio me provocan una especie de intriga extra. En mis apuntes al nombre incorrecto lo escribí con esa sensación. Aunque lo especial de ella apareció de todos modos. Con una claridad y precisión inesperada como si fuera una clase de ciencias aplicadas, en un pizarrón escribió la fórmula que trabaja en sus cuentos fantásticos. (P R A) + I (Pre + V) + H. En diez hojas de mi cuaderno de 20 cm están las cuatro horas de charla donde la promesa y la no palabra son el eje de su estilo. (Promesa Revelación Acción) + Intensidad (Precisión + velocidad) + Historia. No es lo mismo decir “Era 1993 yo era una chica”, que decir, “Yo era solo una chica. Era el año 1993”.

Por esos años andaba yo en búsqueda de nuevas formas de decir y su mirada para contar me sumó un nuevo mojón donde hacer pie. De sus novelas, ni “Siete casas vacías” ni “Distancia de rescate” me generan lo que sí me provocan sus cuentos. En ésta última comprendí mejor la historia luego de ver la película en la que la autora es coguionista. Estudió cine en la UBA para aprender técnicas narrativas que no encontró en estudios de letras. Quedé impactada y agradecida porque la historia aborda un tema por el que siempre tememos quienes vivimos en zonas de extracción de recursos naturales: la contaminación.

En “Kentukis”, publicado en 2018, que también es novela, se narran sin embargo varias historias paralelas y se anticipa a un tema hoy recurrente sobre la relación entre intimidad y tecnología. Unos peluches que no son mascotas, ni fantasmas, ni robots son manejados por personas de carne y hueso desde diferentes partes del mundo. Luego de leerlo, me quedó esa sensación de vigilancia permanente y de impotencia ante un mundo que supuestamente por seguridad cada vez sabe más todo de todos.

En el taller Samanta hizo foco en el arte de la mentira sobre la que hablaba Stendhal, el escritor francés del siglo XIX. Para salir airoso hay que concentrarse en un pequeño hecho verdadero, verosímil. Y esto tiene que ver con la precisión. Y esa precisión es notable en “El buen mal”, su obra de cuentos que recibió esta semana el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana con un millón de euros destinado a reconocer el mejor libro publicado en 2025. Cada finalista recibió 30 mil euros, entre los que estuvieron nominados también un autor colombiano, una chilena y dos españoles. “El libro destaca por plasmar en un volumen de relatos nuevos mundos turbadores, fascinantes y complejos. Recorre magistralmente la frontera entre lo posible y lo imposible. Es un libro de belleza inquietante que sitúa la tradición del cuento en su punto más alto”, precisó la escritora española Rosa Montero, presidenta del jurado.

A este libro lo leí en voz alta y tuvo una resonancia diferente. Cada historia no sólo te deja pensando en eso inesperado que sucede y es atravesado por la culpa o el dolor ante la incertidumbre, sino que también provoca intriga sobre esa mente que los crea. “Esa chica no debe tener paz”, me dice una amiga sobre la autora y sobre estos cuentos.    

Mientras, me alegro por este premio a Samanta porque sigo su obra y su búsqueda para poder vivir de escribir. Llegó a Berlín en 2012 por una beca para artistas y encontró algo que en nuestro país no tenía, tiempo de escritura. “Ese tiempo es muy caro en todo el mundo, y en Argentina es directamente impagable”, dice en sus entrevistas. En la entrega de la premiación confesó que siempre quiso tener un sueldo. 

Leo también las críticas a un premio tan millonario y a las políticas públicas de apoyo a los autores. Leo también que la Fundación Aena la impulsa una empresa pública en que el 51 por ciento pertenece al estado español. También leo a quienes se defienden de esas críticas diciendo que cuando un premio suculento es para un deportista nadie se queja. Me parecen interesantes los contrapuntos para pensarlos luego con mayor profundidad.  

Vuelvo a mis apuntes de hace dieciséis años en Rayuela: “Siempre hay dos historias. El momento de cruce de estas dos historias es lo que marca la revelación”. También hablan sobre el final de un cuento, “no más de tres oraciones. La idea es que el final termine antes y luego se dice algo más simple tal vez, y hasta irrelevante. Algo que afloje”. Y vuelvo a revisar en esas hojas finitas con mi caligrafía algo indescifrable la fórmula de Samanta, “promesa, revelación, acción + intensidad + historia”. Y vuelvo a ese taller en esa siesta de invierno y me siento un poco cholula. Y sonrío.