Qué sonidos te gustaría preservar y por qué fue la consigna que  la profesora lanzó como una piedra y mi presente estalló en pedazos. Por varias horas sólo fui pasado. En el segundo encuentro de la Cátedra Abierta Daniel Moyano de la Universidad Nacional de La Rioja, la chileciteña Celeste García habló sobre “Libro de navíos y borrascas” del autor riojano por adopción. El exilio forzado no sólo es el tema central de la novela sino la marca incandescente que acompañó al escritor todos los años que vivió  en Madrid, aunque mirando siempre este otro continente que vió  parir su literatura y al que hubiera querido regresar: La Rioja, que es lo mismo que decir Latinoamérica. Los sonidos que el autor quiso o pudo preservar fueron el centro de aquel encuentro.

La voz de mi papá pensé yo. La voz de ese hombre que no usaba celular, ni tarjetas de crédito, ni cajeros automáticos.  

Hasta que no conocí la literatura de Daniel Moyano (1930-1992) no supe dimensionar qué significaba la expulsión o el encierro, o ambas, ejecutados desde el poder contra quienes piensan diferente. En 1976 lo detuvieron, amenazaron y le “sugirieron” que se fuera del país. Además de escribir, era músico. Integró el primer y único cuarteto de música clásica de la provincia donde tocaba la viola y el violín. Ni Sócrates, ni Miguel de Cervantes, ni Galileo Galilei, los que más recuerdo de la escuela secundaria, habían logrado sacudir tanto mis entrañas como sí la curiosidad. El filósofo griego prefirió la cicuta antes que negar sus ideas, como la importancia de dudar incluso de los dioses. El escritor del Quijote fue preso en al menos dos oportunidades, una  cuando cayó en manos del enemigo en la guerra de Lepanto durante el enfrentamiento entre la coalición católica y el imperio otomano. Y el descubridor de que la tierra gira alrededor del sol prefirió desdecirse y vivir con prisión domiciliaria cuando la Inquisición lo condenó a muerte por sus hallazgos astronómicos.

Las personas decentes suelen estar presas por lo menos una vez en la vida, le escuché decir al escritor Mario Paoletti (1940-2020). También padeció la prisión en la última dictadura militar y  partió al exilio  donde elaboró  una gran obra literaria.

Los pasos de mi papá en pantuflas mientras preparaba el desayuno, el click del alicate cuando se cortaba las uñas, las paletas de un artefacto que sólo encendía para  ahogar los ruidos de afuera y preservar el adentro. “El paisaje sonoro” dijo la profe y nuevamente comencé a desandar recuerdos.

“El paisaje sonoro y la afinación del mundo” del autor canadiense Murray Schafer (1933-2021) es el andamio en el que García junto a un profesor de música, también de Chilecito, estructuró su análisis sobre los sonidos que aparecen en la novela de Daniel. Hizo pie, sobre todo, en el sonido tónico, aquellos que están presentes de forma continua o muy frecuente en un entorno determinado.

Explicó que ese sonido tónico puede ser la base o el telón de fondo sobre el que se desarrollan los demás sonidos, las señales sonoras. Pueden también definir el entorno, los que caracterizan el carácter de un lugar como el murmullo del mar en la costa, el tráfico en una ciudad, el viento en el campo o el zumbido de maquinaria en una fábrica. También pueden convertirse en hábito auditivo, que el oído humano se acostumbra y a menudo los ignora hasta que desaparecen. 

“Cuando el hombre temía los peligros de un entorno inexplorado, el cuerpo entero devenía oídos”, dice el autor canadiense. Celeste descubre en la novela esa sonoridad a través de la descripción del mar, del recuerdo del violín en la parra, de las canciones como “Ilusión marina”, “Nieve” y “Viene clareando”, con  los que los exiliados del barco Cristóforo Colombo se evadían del futuro incierto que tenían por delante.

Adriana La Gata Varela, Mari Trini, Édith Piaf, la Mecha Sosa eran la música de mi papá en las mañanas de sábados mientras regaba las plantas, o en el auto cuando hacía los mandados. Muchas veces lo acompañaba. Poco antes de morir le regalamos para su cumpleaños un aparato de CD para el auto, cuando los casetes ya no se conseguían.  

Schafer sostiene que los sonidos son efímeros, nacen y mueren en el mismo instante. Esta fugacidad natural genera una sensación de pérdida constante. Argumentaba  que el paisaje sonoro mundial está siendo destruido por la intervención humana y la industrialización.

Escucho esos sonidos pasados y vuelvo a los del presente. El de la heladera y el calefactor compiten con el silencio de la ropa secándose al sol, los pájaros del mediodía y los ladridos lejanos de perros ante los pasos de un caballo solitario, silenciado rápidamente por el caño de escape de una moto. Vuelvo fascinada a  Shafer que cita un poema de Walt Whitman: “Ahora no haré otra cosa sino escuchar…”

 

* Obra de Alicia Carreño, «Paseo por el parque de la ciudad», técnica mixta.