En Argentina un presidente está cumpliendo su sueño de ser un topo que destruye el Estado. Sin embargo, a lo largo y ancho del mundo la historia demuestra que su presencia ha sido fundamental para desarrollar sociedades menos desiguales. 

Hay datos que más allá del arco ideológico no deberíamos ignorar o al menos no hacerlo mientras se niega con convicción que el Estado es el centro de todos los males. El 40 por ciento del territorio rural de la Argentina está en manos del 0,1 por ciento. Eso significa que miles de hectáreas están bajo el control de unos pocos terratenientes, empresas y capitales extranjeros. Y esa falta de acceso a la tierra para los pequeños productores y campesinos fomenta el traslado y el hacinamiento en áreas urbanas y por lo tanto crece la pobreza tanto en el campo como en la ciudad. No ahora, desde hace años. Y la desigualdad en la distribución de la tierra es un lastre que, entre otras regiones, arrastra Latinoamérica.

En “Planificación económica o terraplanismo libertario, un repaso por experiencias de intervención estatal”, Germán Espinazo aporta datos concretos y poco difundidos sobre diversos países, entre ellos Estados Unidos, Japón y Rusia, vinculados a la propiedad de la tierra y a la pobreza. Les comparto aquí tres datos notables.

Primer dato: El presidente Abraham Lincoln en 1862 sancionó una norma conocida como “Homestead Act”, que derivó en un reparto de alrededor del 10 por ciento de toda la tierra de Estados Unidos entre 1,6 millones de personas, mientras duró su implementación. Las parcelas repartidas eran de 64 hectáreas y los beneficiarios debían comprometerse a trabajar directamente durante un mínimo de cinco años. Este tipo de reparto de pequeñas parcelas estuvo directamente vinculado no solo a los modos de trabajar esas tierras, sino al desarrollo de un mercado interno que fue importante posteriormente para el desarrollo industrial y la producción a gran escala de bienes de consumo durable. Estimaron que en 2025, alrededor de 90 millones de personas, de los 300 millones que vivían en Estados Unidos, podían ser descendientes de beneficiarios de esa ley.

Segundo dato: Japón experimentó un desarrollo económico acelerado luego de la ocupación norteamericana posterior a la Segunda Guerra Mundial. Y nadie “en occidente quería que se sepa que un país que “hacía gala de no cumplir los principios del libre mercado” fuera el país que más crecía en términos económicos y de productividad laboral a partir de un “estado desarrollista”, sostiene el profesor Charmers Johnson, profesor emérito de la Universidad de California.  

En ese contexto, entre 1946 y 1950 el país asiático hizo una reforma agraria que le permitía al gobierno forzar la adquisición de todas las tierras de labranza propiedad de terratenientes ausentes y de aquellos terratenientes residentes que excedieran de 1 hectárea. En esos años el gobierno adquirió 1,7 millones de hectáreas de tierras de labranza de los terratenientes propietarios y transfirió 1,9 millones de hectáreas incluyendo tierras de propiedad pública, a agricultores arrendatarios a precios accesibles. Es decir que antes de esta reforma, el 80 por ciento de la tierra era arrendada por los trabajadores del campo en la que dejaban sangre, sudor y lágrimas.

Tercer dato: En 1910 en Rusia, antes de la revolución de octubre de 1917, el 62 por ciento de su población estaba debajo de la línea de pobreza. En 1980, luego del desarrollo del comunismo en la Unión Soviética y unos años antes que comenzara su disolución, lograron que menos del 0,5 de la población fuera pobre. Estos datos son aportados por Roser y Hasell, investigadores asociados al proyecto de investigación académica Our World in Data (Nuestro Mundo en Datos), con sede en la Universidad de Oxford. 

El libro también señala que si bien el mundo vio salir a mucha gente de la pobreza, compara este caso con más de cien países que con otros sistemas políticos y económicos apenas lograron bajarlo en el curso de 70 años. 

Y haciendo un salto en el tiempo y en el espacio a Argentina y al 2026, un cuarto dato: el Observatorio de Tierras, integrado por investigadoras e investigadores del CONICET y de la Universidad de Buenos Aires, reveló que casi el 5 por ciento del territorio nacional, es decir 13 millones de hectáreas, pertenece a firmas o Estados extranjeros. 

Este informe contradice el argumento oficial de que ninguna provincia supera el límite legal del 15 por ciento. En Neuquén, La Rioja, y Salta, la extranjerización supera el 50 por ciento, por ejemplo, y en la que Estados Unidos lidera la tenencia con 2,7 millones de hectáreas, seguido por Italia y España.

Tal vez sea momento de pensar qué tipo de Estado necesitamos los argentinos que creemos en la equidad como un norte que promueve sociedades más felices. Mientras tanto, el topo sigue gobernando el país y al Estado que repele lo necesita constantemente para reprimir.