– Me tengo que ir.

– ¿A dónde?

– Tengo que llamar para avisar que estoy bien. 

-¿A quién querés avisar?

-Ahora.

– Sí, ahora ¿pero a quién?

-Ah, a mis parientes.

A qué lugar querría ir una persona que apenas puede cambiar de posición en la cama, con asistencia y pastillas permanentes. A dónde querría irse esta vez una mujer que nació en el siglo pasado, seis meses antes que en el mundo estallara una nueva guerra. Que se fabricó sus propias batallas y vivió yéndose. Para algún sitio. Hasta el final.

Somos criaturas a la deriva y lanzados sobre las mareas tenemos que aferrarnos a las cosas para que ese roce compense las corrientes y no nos barran hasta el olvido. Con esta idea comienza el antropólogo britanico Tim Ingold su libro La vida de las líneas. 

Mi abuela murió un mes después de cumplir 84 años. Siempre creí que vivió muchas vidas en una y que yo tuve la dicha de conocer apenas algunas. Era la más chica de un clan numeroso con doble apellido, creyente de la política, culto, volcánico. Podía contar historias sin repetirse. Sabía de plantas, casinos, países limítrofes, construcción, dentaduras, mecánica de autos, religiones, folclore y tango. De acequias, de subtes, de tejidos, de peones, de guitarras, de partidos políticos y personerías. De nogales y autopistas. Nada le generaba más pavor que el pinchazo de una inyección y su propia muerte.  

Tiempo antes de morir su cabeza empezó a viajar por atmósferas que se evadían del ahora. Podía exagerar relatos pero todo lo que viniera de ella parecía posible. Resaltaba los detalles con un tan es así que… Fue necesario agudizar la atención para reconocer la frontera entre lo que estaba siendo y lo que había sido, habitaba el presente con entusiasmo y las fugas con disimulo fino.

– Sabías que voy a escribir tu biografía no autorizada ¿no?

– Yo tengo más escrito con los ojos, porque con los ojos es más difícil que se te borre, me ubicó alguna de las tantas tardes que yo jugaba a preguntar y ella a responder. A veces las dos sabíamos de lo que hablábamos.  Otras veces yo no. 

Dice el poeta mendocino Armando Tejada Gómez que uno vuelve siempre a viejos sitios en que amó la vida.  

Dedicó 40 años a fabricar prótesis y cicatrices. Se fabricó también propósitos, viajes, adversarios, cooperativas, juicios, enfermedades, el aire, campañas electorales, un boicot al tomate y duelos. En ella, los márgenes y los caminos sinuosos eran metáforas y literalidad. Hablaba de Eva Perón como una devota política y religiosa. Lucía su rodete y vivía la justicia social como un credo. Podía guardar ciertos objetos con inquietud y desconfianza y al mismo instante despojarse de todo. Dio vida a ocho hijas, hijos, y sepultura a uno de siete años. 

Hice lo que pude, escribí suelto una navidad lluviosa en un cuaderno que guardaba frases o fragmentos de nuestras conversaciones. A qué, de todo lo que había hecho en ocho décadas se refería ¿O aplicaba a todo? Cuando murió el hombre que la acompañó a fabricar su universo y siguió el ritmo de sus pasos durante 60 años, derrumbada me reprochó con inocencia y lágrimas: “me dejó”

Ingol dice que cada ser viviente es una línea y que cuando la gente o las cosas se aferran entre ellas, esas líneas se entrelazan, se anudan. Dice que la tensión que tiende a separarlas en realidad las une más firmemente. Y dice también que aferrarnos o agarrarnos unos a otros es, en esencia, la socialidad.

Acostrumbramos hablar de las líneas de parentesco.  Y ¿qué hacen los parientes? se pregunta el antropólogo social. Se atienden unos a otros, acompañan, cuidan, acuden a sus llamados. Es una malla de líneas. Pero éste difiere de la afinidad: “Las sendas del parentesco son seguidas incondicionalmente adonde sea que lleven, pero la afinidad ofrece estrategia y elección”.  

– Qué querés tomar?

– Mate cocido, sin pan. Ya me voy a componer.

– Ya lo sé. Descansá y después vamos a pasear.

– Quisiera ir a casa.

– Estás en tu casa.

Cuando ya no pudo irse más a ningún lugar las escenas se proyectaron como películas en el techo de la habitación sobre su cama. Con la mirada clavada entre sonrisas amables, consejos, cinismos y retos. 

– ¡Te vas a caer de ahí! 

 

– Yo querría que nos vamos a casa.

Como el pasatiempo donde se adivinan consonantes o vocales que faltan y están sustituidas por espacios en blanco, yo me esmeraba por rellenar los suyos. Me enfoqué en descubrir qué momentos de aquellas otras vidas derrotaban a esa habitación que ahora le encerraba cada día. En cuál de todas las casas, búnkers, hospitales, autos, barrios, camillas, fincas, aviones, cementerios, ascensores, conferencias, pueblos, ministerios, vagones de trenes o provincias estaría mientras merendábamos. Las migraciones mentales tan bien encajadas en códigos neurodegenerativos eran para mi su manera de seguir siendo en una vida que ya no tenía movimiento.

Ignoro lo que habré preguntado para que me devuelva en dos renglones el arrepentimiento de no haber sido activa hasta el día de la fecha. Tenía más campos de acción

Los seres humanos reales, dice Ingol, somos como “pulpos y anémonas en el océano”. En la realidad fluida que habitamos “nada es lo mismo de un momento a otro” y “cada ser tiene que encontrar espacio (…) lanzando manecillas que puedan unirse a otros”. Afirmándose entre ellos “se esfuerzan por resistir las corrientes que de otra forma los arrastraría”. 

“Las vidas y las mentes son procesos abiertos» y su característica más sobresaliente según el antropólogo «es que continúan y se entrelazan como las hebras de una cuerda”. 

Aunque tuve estrategía y fui perseverante en hurgar y merodear, siempre supe que a mí se me escabullía tanto de lo escrito con los ojos que a ella no se le olvidaría. Nunca conocería todas esas líneas que resistieron con ella las corrientes, la arrastraron o arrastró.

En la vida de las líneas “el encuentro de las mentes teje toda una cuerda, pero mientras la vida continúe siempre habrá cabos sueltos”. No creo que ella haya querido ser inolvidable, sí recordada. Cuando se fue reconocí que me faltó audacia para lo más insondable.-