Si tuviera que seleccionar algo que se mantenga estable en una época que casi todo cambia vertiginosamente, diría que ganarle al tiempo es el gran propósito de la sociedad en la que nací, crecí y en la que vivo. En mi casa, padre y madre trabajaban pero las tareas de la casa recaían en su mayor parte en ella. Mi mamá solía pedirnos por única vez una tarea: barrer el patio, ordenar nuestra habitación o ir a comprar café a la esquina. Si nosotras, algunas de sus hijas, no actuaba ante el primer llamado ella salía como un trompo y la ejecutaba. No pedía más de una vez ¿Por qué? Para no perder tiempo.

En la época que compraron un freezer mi mamá usaba su fin de semana de descanso  para cocinar para los cinco días de la semana ¿Para qué? Para ganar tiempo.

La mayoría de las cosas que yo recuerdo de ella tienen que ver con atesorar y resguardar el tiempo para hacer cosas que la hacían feliz: lograr una mínima autonomía económica, tejer en el telar, bordar, hacer teatro, leer. Y hacerlo a tiempo. Hoy teje, ve series, lee, pela nueces, viaja, se pone al sol, hace trámites, toma cafecito en un bar, fuma. Y todo en su justo tiempo. 

El desarrollo tecnológico descomunal del siglo XXI viene modificando profundamente el mundo del trabajo, la producción, la propiedad, las relaciones, el tiempo. Todo eso influye directamente en la calidad de vida para alimentarnos, descansar, caminar, socializar, contemplar. Cuál es el tiempo que hemos ganado y para qué lo queremos. La Inteligencia Artificial sería el paroxismo. Ganar tiempo contesta la mayoría de personas consultadas sobre qué les aporta hoy la IA, en cualquiera de sus variantes.

El filósofo coreano Byung-Chul Han sostiene que la sociedad actual, en especial la occidental, “no solo está privada del andar sosegado del flâneur, sino también de la ligereza flotante del vagabundear. Las prisas, el ajetreo, la inquietud, los nervios y una angustia difusa caracterizan la vida actual. En vez de pasear tranquilamente, la gente se apremia de un acontecimiento a otro, de una información a otra, de una imagen a otra”. Para mi esto no es nuevo, pareciera en todo caso extremo. Hace tiempo que nos educan para ser productivos y útiles. Incluso nuestras propias familias y con las mejores intenciones.

Crecí con teléfono fijo, un único televisor en la sala de estar y los jueguitos electrónicos de un local precario que había cerca de mi casa. Un escenario retro que muchas familias recordarán con nostalgia al ver a  sus hijos ojerosos pegados a la pantalla del celular. De aquellos años no recuerdo un solo día en el que mi madre no caminara sin apuro por la ciudad. No había tiempo que perder para llegar siempre a tiempo. 

Con el paso del tiempo fui replanteándome lo aprendido: amar solo a personas de un género determinado, tener un trabajo en relación de dependencia como garantía de estabilidad y felicidad, evitar todo lo posible lavar-limpiar-cocinar. Fui recuperando momentos en que lo cotidiano me resulta un lugar agradable y amoroso para transitar sin tiempo ¿Por qué entonces interrumpo una sobremesa para lavar los platos? Para ganar tiempo que me permita ocuparme de lo que me gusta como leer o regar las plantas, pero siempre acotado a un determinado tiempo.  

Todo el tiempo me pregunto sobre este asunto del tiempo. Y sé que lo necesito para organizar el pasado y el futuro, pero también para pensar, sentir y hacer sin urgencia. He vuelto a usar reloj pulsera y, hace varios años, el despertador físico en la mesa de luz. De ese modo me alejo un poco del celular e imagino que puedo vagar sin culpa por lugares y espacios donde no importa si al tiempo lo gano o lo pierdo. Un flâneur en una especie de tiempo sin tiempo.  

 

*Imagen de portada: obra del artista japonés Nobuhiro Nakanishi