Mi primera changa la conseguí a los 13 años tocando el timbre a un vecino dueño de una heladería, a  una cuadra de mi casa. Lo hacía para juntar dinero que me permitiera comprar un reproductor de casete personal portátil, conocido como walkman. Mi familia de clase media acostumbraba comprar sólo lo necesario. Los deseos debían alimentarse por varios meses, sino años, y cada quien debía pensar estrategias para  alcanzarlos. No era una consigna, una verdad revelada, intuía que era lo que intentaban transmitirme cuando verbalizaba un ¡comprame! y la reacción de mi mamá era ineludible: ¿lo necesitás? Su pregunta al principio me irritaba porque la respuesta no era categórica, sí o no, me invitaba a ser parte de la decisión.

En la heladería ponía música en un pequeño equipo portátil. Un  24 de diciembre decidí, sin consultar con nadie, volver a mi casa. Al verme llegar mi mamá me preguntó si no debía estar en otro lado. Me dio tanta vergüenza que regresé hasta completar el horario. Al walkman finalmente lo compré musicalizando con rock nacional.

Unos años después, también en La Rioja, vendí una rifa de estudiantes de ingeniería de Córdoba, que cuando se graduaban viajaban a Europa. Para financiar un viaje de varios meses, sorteaban premios muy importantes. La rifa se vendía en cuotas. Para la misma época con mi hermana vendíamos postres a un centro cultural en el que mi mamá era una de las iniciadoras. De ese modo financiábamos las salidas con amigas, incluso algún viajecito. Ese centro cultural fue un suceso en La Rioja de los ´80. Al año se fundió.

Como estudiante en Córdoba entré a una pasantía en el diario más importante de la provincia. El área no era precisamente a la que yo aspiraba como futura periodista, sino haciendo encuestas y estudios de mercado. Éramos diez estudiantes de los últimos años de carreras vinculadas a comunicación, psicología y economía. Nos subían a una combi y por un par de horas recorríamos barrios de la ciudad  tocando el timbre en casas que cuando nos atendían y aceptaban  debían contestar un cuestionario sobre consumo de medios. Como no siempre  gustaba esa presencia inesperada en sus puertas, para conquistar el  humor vecinal ofrecíamos participar de un sorteo para recibir en sus domicilios y por tres meses el diario papel gratis, lo compraran o no. O al menos ese era nuestro “speech” como les gustaba decir a nuestros capacitadores. El anzuelo funcionaba y la mayoría terminaba por aceptar. Lo cierto es que al final de la jornada sólo participaban del sorteo los encuestados que no compraban el diario. La empresa buscaba generar costumbre en el consumo del diario y fidelidad entre los que no lo elegían. Al que sí lo hacía, preferían engañarlo. Ese fue mi segundo dilema ético. 

Después de pasar a un área que me generaba más interés, el archivo del diario, renuncié a la pasantía para recibirme. Pero en 1997 Carlos Menem transitaba su segundo mandato y  la desocupación iba en crecimiento. Ya con el título universitario bajo el brazo los avisos clasificados eran un laberinto difícil de desentrañar. Las propuestas más interesantes eran directamente proporcionales al engaño o confusión que encerraban. Tener que llenar un formulario con datos de mi altura y peso para una empresa de servicios fúnebres, fue de lo más extraño que me sucedió. El aviso no tenía nada que ver con lo que me encontré cuando llegué a la entrevista. El puesto era para promotora de una casa velatoria. Es verdad que la “buena presencia” era un requisito común a todos los clasificados aunque no fuera un puesto para atender al público. Hoy, a treinta años, ya no hay diarios en papel, hay linkedin y una gran autoexigencia para lucir como se supone que hay que hacerlo.

La desesperación por no encontrar trabajo crecía. Ya era madre y  me costaba mucho mentir. Tuve una entrevista en otro diario en la misma ciudad. Todo venía sobre rieles hasta que les advertí que debía retirarme media hora antes de finalizar la jornada laboral  porque la guardería cerraba.

De a poco iba descartando  lugares en los que me interesaba desarrollarme por no poder  compatibilizar diferentes obligaciones. Apareció una oportunidad vinculada a las ventas, algo que nunca me gustó pero tampoco esquivaba cuando era necesario y  tenía además  ventaja de horarios más flexibles. La venta de los “tiempos compartidos”, una moda donde adquirías una semana o dos para vacacionar en una ciudad Uruguaya, con la posibilidad de ampliarse a otras ciudades del mundo. Implementaban un método de venta estadounidense de gran éxito. Cazaban a los incautos caminando por los centros comerciales y si tenían tarjeta de crédito los invitaban a participar de dos sorteos: una estadía en su cadena de hoteles con vista al mar y el de un auto. Para probar la llave debían aceptar ser entrevistados por media hora, que luego se convertían en dos o tres según el entusiasmo y la posibilidad de venta. El “asesor comercial”, como llamaban a los vendedores, solo se hacía de un ingreso si cerraba la operación. Concreté un par, entre ellas a una empleada pública municipal. Era tan confuso el sistema y tan difícil que quien lo compraba  pudiera finalmente utilizarlo, que al mes renuncié y nunca volví a cobrar las comisiones.

“¡Quiero trabajo!” es el título de la única novela escrita por María Luisa Carnelli, nacida en 1898, periodista y también escritora de poemas y tangos. Este libro da cuenta de abusos de poder, humillaciones, injusticias que manifiestan la crueldad del capitalismo.

No voy a describir lo que ahora exactamente sucede. A 26 años de caminar el siglo XXI, el trabajo, los salarios, el consumo, el riesgo ambiental, las nuevas formas de colonización y la tecnología han cambiado, siguen cambiando y quien lee esto tiene, seguramente, su propia experiencia y reflexión. Y como muchos: ¡Quiero trabajo! Pero no a cualquier precio ni bajo cualquier condición. Y cada vez que voy a comprar algo, tenga o no los recursos para hacerlo, me pregunto: ¿lo necesitás?