Aún es de noche cuando suena el despertador y salgo de mi casa rumbo al trabajo que todavía tengo. Una hora después el cielo naranja rosado celeste me obliga a una mínima maniobra para no pisar el cantero central de la avenida. Una postal recortada en la ventanilla de la izquierda y otra en el parabrisas. Una parte de mi repara en esos cielos mientras otra responde para controlar el vehículo que pareciera saber de memoria el camino.
La Rioja ya no es sólo la ciudad en la que nací y crecí y dejé una década para estudiar en otra provincia y luego volver. Es el lugar que elijo cada día. Y cada vez que reniego de ella pienso en cuántos la dejaron ante la amenaza del poder, la falta de oportunidades o la esperanza que lo mejor sucede en otra parte.
Los años seguramente pero también el clima, la gente y las distancias me conectan con esta ciudad de una manera especial. No todo me gusta todo el tiempo. Hay momentos en los que reniego de su impuntualidad, su conformismo y los 45 grados a la sombra. Y otro día ante otras circunstancias agradezco por lo mismo.
“En cada ciudad del imperio cada edificio es diferente y está dispuesto en un orden distinto; pero apenas el forastero llega a la ciudad desconocida y echa la mirada sobre aquel racimo de pagodas y desvanes y cuchitriles, siguiendo la maraña de canales, huertos, basurales, de pronto distingue cuáles son los palacios de los príncipes, cuáles de los templos de los grandes sacerdotes, la posada, la prisión, el barrio de los lupanares”, dice el escritor italiano Italo Calvino en “Las ciudades invisibles”.
Crecí en una ciudad sin escuelas privadas ni barrios cerrados. Casi todo se hacía caminando. Andar en colectivo lo experimentaban quienes no tenían auto o moto, y en mi caso sucedía cuando mi papá no podía llevarme en su vehículo. Mi mamá no aprendió a manejar nunca, me dijo que se ponía muy nerviosa cuando él intentaba explicarle. Una larga lista de accidentes familiares en la ruta tampoco la motivaban.
La Rioja tiene un no se qué que me atrae como el imán al hierro. A mis diez años vivía al frente de una plaza céntrica. Desde la terraza podía ver la montaña pese a estar en la parte más urbanizada de la ciudad. Enormes, marrones con el sol ardiente, verdes si llovía, azules y lilas al atardecer.
Cuánto de donde vivimos está fijo y cuánto es provisional, se pregunta Calvino en el libro donde relata lo que el mercader veneciano Marco Polo le cuenta al emperador mongol Kublai Kan sobre sus recorridos por el mundo.
El autor italiano describe por ejemplo a Sofronia compuesta por dos medias ciudades. “Una de ellas está fija, la otra es provisional y cuando su tiempo de estadía ha terminado, la desclavan, la desmontan y se la llevan para trasplantarla en los terrenos baldíos de otra media ciudad”. Cuánto de otras ciudades hemos traído a la nuestra. Para qué. Un ex intendente ya fallecido creó el primer country de la ciudad de La Rioja. Lo hizo después de haber administrado la ciudad tres mandatos consecutivos y ya conociendo sus necesidades. Antes había impuesto una impronta colonial en algunos edificios, fachadas y espacios públicos que muchos festejamos.
La Rioja tiene un poco más de 200 mil habitantes y una característica muy potente: no importa cuán importante o intrascendente te sientas o te consideres, todos sin excepción se tragaron algún bache, les cortaron la luz los días más calientes, se quedaron sin agua y rebotaron de oficina en oficina por algún trámite. Todos, sin excepción, viven bajo un cielo azul diáfano, comen mandarinas al sol y pueden mirar el brillo de las estrellas y la luna alejándose un par de cuadras. Todos escuchan a los coyoyos e intentan esquivar los champis en verano. Y todos, sin importar la clase social, usan los enormes espacios verdes que se construyeron en los últimos veinte años para hacer deporte, tomar mate o pasear.
Como se sabe no todos transitan por calles sin luces, le temen a la inseguridad o cuentan con colectivos los domingos. Vivir y circular por determinadas zonas hace la diferencia. El Club Social ubicado frente a la Plaza 25 de Mayo, supo ser hasta hace un par de años de uso exclusivo para las elites riojanas; o las vías del tren en el barrio Hospital que muchos percibían como un límite que los dejaba afuera. Sentirse o no parte.
Las ciudades menos desiguales del mundo son las que se organizan en intereses comunes que buscan ampliar, no estratificar. Desde América del Sur solíamos mirar con admiración la organización de algunos países europeos en los que se pagan impuestos altos para mantener organizadas y financiadas desde lo público la educación, la salud, la seguridad y la urbanización. Donde la bicicleta es el medio de movilidad más masivo y se invierte en transportes como colectivos y trenes que se desarrollan y promueven.
Hace unos años escribí un artículo sobre el tránsito en la ciudad de La Rioja donde miraba con estupefacción la cantidad de motos en las que circulaban no menos de tres personas por unidad. Veinticinco años después, nada de eso cambió excepto el crecimiento exponencial de los vehículos de dos ruedas. Sin embargo, desde fines de los ´90 a la actualidad se crearon por lo menos siete colegios privados y desde hace veinte años se construyeron dos countrys y cuatro barrios cerrados. La municipalidad las llama urbanizaciones especiales.
Hay ciudades sin sol, ciudades sin motos, ciudades silenciosas, ciudades pasadas por agua, ciudades con mar, ciudades sin montañas, ciudades puro cemento, ciudades arboladas. Hay ciudades sin el aroma a chori en las esquinas y sin tortillas al rescoldo por las avenidas.
Cuando habla de Zenobia, en las ciudades sutiles, Calvino se pregunta si tiene sentido clasificar a las ciudades en felices o infelices. Dice que no tiene sentido dividirlas así sino en “las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos o bien logran borrar la ciudad o son borrados por ella”. En una conversación el mercader veneciano le dice al emperador que con las ciudades ocurre como en los sueños: “todo lo imaginable puede ser soñado pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo”.
Mientras más se segmenta la sociedad riojana en escuelas y barrios cerrados existe un Parque de la Ciudad con piletas de uso público al que no asisten los vecinos de barrios privados de la zona sino los de sectores más populares. Simultáneamente, mientras La Rioja no cuenta con el servicio de transporte público de colectivos los domingos, familias enteras se trasladan en una moto durante una urgencia.
Cuando termina la jornada laboral y hago el camino inverso para regresar a mi casa me admiro de las montañas que ya no veo desde la terraza, sino cerca de donde hoy vivo. Y no puedo dejar de preguntarme qué deseamos los riojanos, a qué le tememos, cuán invisible es La Rioja, cuán invisible quienes viven (vivimos) en ella.
*Imagen de portada: obra de la artista riojana Alicia Carreño

